Durante el apogeo de la revolución industrial, dos juristas belgas con vocación humanista, Paul Otlet y Henri La Fontaine, se lanzan a una empresa tan original como ambiciosa: reunir y organizar el conocimiento de la humanidad e impulsar su difusión universal. En este momento de la historia se sitúa, a la luz de las últimas investigaciones, un momento clave de la historia olvidada de internet y la sociedad de la información. Conceptos como la transmisión de información y la comunicación en red, el hipertexto, el crowdsourcing o el ambiente multimedia aparecen perfilados en la obra de ambos.

Pasaron a la historia como creadores de la Clasificación Decimal Universal (CDU), pero su empresa más grandiosa, el Mundaneum, que hoy podríamos resumir como el primer motor de búsqueda de la humanidad, un auténtico ancestro de Google de madera y papel, cayó en el más absoluto olvido durante décadas. “Hizo falta que sus visiones se realizaran para que se reconociera su mérito”, comenta Delphine Jenaert, directora adjunta del actual Mundaneum, recuperado y reconvertido en un gran centro de archivos en Mons (Bélgica). Allí se encuentran los 12 millones de fichas con referencias bibliográficas del total de 18 millones que llegaron a atesorar estos pioneros de la red, colocadas en 15.000 cajones de bellos armarios de madera de castaño, y parte de sus archivos.

Otlet (1868-1944), hijo de un rico empresario que impulsó la implantación de los tranvías en Bélgica, era el teórico de la pareja. Apasionado por la lectura desde su infancia, estaba interesado sobre todo por los libros y el conocimiento en general, cualquier que fuera su soporte documental (prensa, folletos, maquetas¿). La Fontaine (1854-1943) tenía un espíritu más práctico. Muy implicado en la vida política belga e internacional, en 1913 recibió el Nobel de la Paz. Su iniciativa se ganó el apoyo del gobierno belga, que en 1910 les cedió locales en el Palacio del Cincuentenario y les dio fondos para contratar personal.

La Oficina Bibliográfica Internacional se convirtió en el Palacio Mundial o Mundaneum, una especie de centro del saber donde se acumulaban incontables documentos de todo tipo, se organizaban conferencias, exposiciones… El Mundaneum contó también un exitoso servicio de búsqueda de información a distancia. Cualquiera podía enviarles una petición de datos sobre un libro, un autor, una temática. Las solicitudes, unas 1.500 al año, llegaban por correo o telégrafo. A cambio de una pequeña tasa, sus empleados enviaban la respuesta a sus búsquedas. Tuvieron peticiones de todo el mundo.

Otlet y La Fontaine estaban convencidos de que la difusión universal del conocimiento contribuiría a mejorar las relaciones internacionales y fomentaría la paz mundial. Voluntarios en varios países se ocupaban de alimentar la base de datos del Mundaneum, como un siglo después se redacta la Wikipedia. Conceptos como el trabajo y la discusión “en red” y el intercambio de contenidos multimedia aparecen en la obra más visionaria de Otlet, Tratado de documentación (1934), si bien siempre con un enfoque jerárquico (de arriba abajo) ausente hoy en internet. “Sobre la mesa de trabajo ya no hay libros. En su lugar se levanta una pantalla y, bien a mano, un teléfono. A lo lejos, en un edificio inmenso se encuentran todos los libros y todas las informaciones. Desde allí se hace reaparecer sobre la pantalla la página que se debe leer para tener la respuesta a la pregunta planteada por teléfono”, vaticina más de medio siglo antes de que Internet echara a andar.

El año 1934 marcó sin embargo el declive de su proyecto. El gobierno belga, que lo respaldó pensando que le ayudaría a hacerse con la sede de la Liga de las Naciones (la apuesta del país por acoger instituciones internacionales viene de lejos), perdió interés en él y les retiró el apoyo. La inacabable tarea de clasificar el saber universal por medios analógicos se empezó a ver como una empresa fracasada. Cuando los nazis entraron en Bruselas en 1940, destruyeron millones de fichas del Mundaneum, que retiraron para colocar una exposición de arte del Tercer Reich. Otlet murió cuatro años después olvidado, arruinado y frustrado. Cuentan que, aunque solo, nunca dejó de redactar fichas bibliográficas para, hasta el final, tratar de completar su proyecto.

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Mundaneum, estaba compuesto por cientos de miles de tarjetas organizadas en cajoneras

Más de 20 años después, en 1968, un joven investigador australiano llegado de Chicago, Warden Boyd Rayward, oyó hablar en la Universidad de Bruselas de la historia de Otlet y La Fontaine y se interesó por la suerte de su legado. Tras mucho indagar, lo encontró, cubierto de polvo y amontonado, en el Instituto Anatómico del parque Leopoldo. En 1975 publicó en Moscú El universo de la información, una obra clave de la documentación que recupera los postulados otletianos y sus métodos tecnológicos. Boyd Rayward ha dedicado su vida a investigar las aportaciones de Otlet.

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Cajonera con fichas del Mundaneum

Durante años, las autoridades belgas no supieron qué hacer con el extraño y monumental fósil. El legado volvió a acabar arrinconado, almacenado en pésimas condiciones; en los años 80 reposó olvidado en un almacén subterráneo de la estación de metro de Rogier. Cuando internet empezó a parecerse a lo que hoy en día es, un ambicioso político natural de Mons, Elio Di Rupo, impulsó su traslado a la ciudad, con la ambición de realzar su perfil cultural. Di Rupo se convirtió años después en alcalde de la ciudad y primer ministro del país. Y Mons ha sido este año capital cultural europea, con la reapertura de un remozado Mundaneum como una de sus mayores bazas. La reivindicación que la institución hace de Otlet y La Fontaine no se debe tanto a su afán de reconocimiento como al planteamiento de reivindicar, en una era tan automatizada como la actual, “la cara humana de la información y la tecnología”, explica Jenaert. “El conocimiento tiene que seguir siendo cosa de las personas”.

“La historia convencional de la informática deja fuera a algunos pensadores clave”, afirma Alex Wright, especialista en internet y autor de una biografía sobre Otlet que es parte de su empeño por localizar a los pioneros olvidados de internet. “Haríamos bien en no olvidar que rara vez la historia avanza en línea recta; abundan más bien los falsos comienzos y callejones sin salida. A veces el mejor camino adelante se encuentra dando unos pasos atrás, o hacia los lados -escribe en The Atlantic-. Explorando caminos olvidados quizás aún descubramos que la historia de la web no es un hecho tan consumado como pensamos”.

Fuente Wikipedia

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