Uno, dos, tres saltos y un aleteo desesperado para intentar alzar el vuelo, pero nada. Así, una y otra vez. Y el público, claro, con el corazón en un puño. Ayer, durante unos cuantos minutos, un pajarillo diminuto le robó el protagonismo a Novak Djokovic (triple 6-4 a Philipp Kohlschreiber) en la pista central de Wimbledon, radiante e impecable en la subida del telón del tercer major de la temporada. Todo a punto en La Catedral. El césped, tan tupido o más que el del mismísimo Wembley; la grada, menos bulliciosa que las de París, Australia o Nueva York, tan silenciosa durante el juego como ante un parlamento de la reina Isabel II; y los jugadores, como toda la vida en Londres, de punta en blanco.

 

Es muy sencillo: o aceptas las normas o no vas. A mí me encanta”

Manolo Santana, ganador en 1966

Pero, ¿por qué esto último? ¿Cómo resiste la tradición estética del grande británico a la tendencia multicolor del mercado y la moda deportiva? “Es muy sencillo”, se arranca Manolo Santana, ganador en 1966. “En Wimbledon hay unas reglas de juego: si las aceptas, bien; de lo contrario, mejor que te ahorres el viaje. A mí me encanta. Creo que le da caché”, explica el legendario jugador español, que siente predilección por el All England Tennis Club. “Cuando voy al palco de la central, aún me obligan a ir con la corbata”, cuenta, “pero a la que puedo me pongo unos vaqueros y me doy una vuelta por ahí”.

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